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  • Manual mínimo de sobrevivencia

    Cada quien tiene su propia receta. Ninguno de los héroes cotidianos se permite la evasión. Todos ellos saben lo que se están jugando. Nada más y nada menos que la vida con el paso de los días. Nada especialmente rimbombante. Ninguna acción que, en particular, suene especialmente extraordinaria, pero que permite ese algo más que nos deslinda del que ha perdido toda esperanza. No es la huida lo que los caracteriza. Y ya se sabe que las peores fugas son hacia un interior que nos aísla dentro de las fuertes barreras del resentimiento. Son muchas y variados los modelos, pero cada una de ellos muestra el talante invencible de los venezolanos en el intento de preservarse, no solo como individuos, sino como un país que tiene futuro. Modelo 1. Ellos son la mejor sinfonía del amor perfecto. Ella no se amilana a pesar de que todos los días tiene que asumir que su esposo está irremediablemente enfermo. Él es su mejor complemento. Ambos son ese nudo bello que se fortalece con el paso de los años. Ambos comparten la angustia de un país lleno de escasez y carencias. Ambos habrán sentido ese miedo por un destino que luce irrevocable. Todos los días parece presentarse como un desafío que muchas veces parece insuperable. Pero cada mañana comienza con una sonrisa y la ratificación de un compromiso irreductible que se reafirma entre ellos, y de ellos con el país. Ella trabaja por los dos. El reza y vela por ambos. Y juntos son el centro de su familia y un aporte constante al país que se traduce en pensamiento claro y acción consistente. Ellos juntos son mucho más que dos. Son inmensidad de lecciones de fe, esperanza y caridad que solo el amor irrevocable puede refrendar. Ellos son un modelo a seguir. Su secreto es la confianza en Dios y la serena sobriedad con la que asumen su realidad sin dejar por un momento el compromiso de ser útiles y productivos. Modelo 2. Él es biólogo y chef exitoso. Pero una lesión laboral le impidió seguir en la cocina de un afamado restaurante caraqueño. ¿Qué hago ahora? Fue la pregunta que le atormentó por un tiempo. Necesitaba urgentemente canalizar todas esas energías, ahora desgastadas por inactividad y falta de proyecto alternativo. La vida le había agotado el camino y ahora le correspondía a él intentar abrir trochas, comenzar de nuevo, reinventarse rápidamente y seguir adelante. Ahora es profesor en un colegio de Caracas. Ahora alimenta esas ganas de conocer que es propia de los jóvenes en formación. Y no lo hace como si viviera una caída colosal sino con el disfrute de experimentar una nueva etapa en el mismo compartir. Su receta es su propia capacidad para reinventarse sin perder el ánimo. Modelo 3. Su hijo es perseguido político. Uno de los miles de jóvenes que han sido procesados por el régimen. Sufre esa entropía de verse sometido a la cuerda floja de un juicio que se retarda maquiavélicamente para lograr esa desmovilización que conviene al poder indebido. Cada perseguido padece esa herida que solamente causa la injusticia. Cada una de esas familias laceradas por la tiranía sufre los impactos con estoicismo y fortaleza. Ellos han sentido ese puño de hierro, gélido y tortuoso, que quiere asfixiar la esperanza. Empero allí siguen, los padres “haciendo de tripas corazón” y el joven buscando opciones en la larga pausa, alternativas para seguir formándose, coraje para no renunciar a tener un proyecto de vida en un país en el que nadie tiene nada garantizado. A veces los limones que caen del cielo son tan ácidos que no sirven ni para hacer limonadas. A veces la cuerda se tensa demasiado. Lo sorprendente es que aquí sigan. A veces más impactados por una tormenta que no termina de amainar, pero siempre prestos a recuperar el sosiego. Su fórmula es no caer en el abatimiento que paraliza, alternar las lágrimas con la sonrisa, compensar la angustia de unos con la entereza de otros, dejar fluir y al final mantenerse firmes. Modelo 4. Él está por concluir su bachillerato. Y quiere estudiar medicina. Sus padres lo miran con asombro. ¿Medicina? ¿En este país? El joven les respondió afirmativamente. “Quiero estudiar medicina, y lo voy a hacer aquí, a pesar del cerco que padecen las universidades y de la degradación obvia de su infraestructura”. Ellos asintieron pensando en que debían ver más allá de las apariencias para apreciar los esfuerzos de una institución que sigue realizando su misión a pesar de los bloqueos. La institución resiste y se alimenta de la esperanza tanto como se afecta con el descrédito. Estudiar medicina es una clara vocación de servicio público. Intentarlo aquí y ahora es un himno al optimismo. Pero sucede que más allá del discurso deslustrado de los que tiraron a el país a pérdida lo que nos dice el paso de un día tras otro es que las instituciones resisten y siguen haciendo todos los días lo que están llamadas a hacer. Su técnica es una síntesis virtuosa entre la resistencia y el optimismo. La resistencia se afirma en el optimismo y el optimismo se afirma en la resistencia. Es un gran pacto social que produce miles de profesionales, buena parte de ellos comprometidos con el relanzamiento del país. Modelo 5. Son un equipo de cinco médicos octogenarios. Trabajan en una clínica de la capital y atienden casos de cáncer. Entre ellos son una comunidad científica a la antigua usanza. Todos los días son los primeros que llegan y los últimos en retirarse. Ya se nota el cansancio de más de cincuenta años de ejercicio profesional, tanto como la inmensa sabiduría que en ellos está acumulada. Ellos no se preguntan demasiado sobre qué puede haber pasado con los demás, no tienen tiempo para eso. A ellos los mueve la necesidad de ayuda que ven en sus pacientes y sus ganas de “echar el resto hasta que Dios quiera”. Son como un haz de trigo, tan fuertes como el grupo que han constituido, imbatibles y eficaces porque están juntos, acompañados más allá de la viudez, la soledad de la vejez y el desgaste por tantos años de lucha. Su secreto es el foco disciplinado que ponen en lo que hacen. Ellos saben que no hay día malo para hacer lo debido. Disfrutan y se complementan sin complejos, se cuidan entre ellos, y así transforman sus debilidades en fuerza. Modelo 6. Ella es madre soltera. Separada del padre de su hijo, todavía sufre los estertores de una separación dolorosa. Ella vive lejos, tiene un trabajo con poca estabilidad y un hijo que mantener. Ella es filósofa. Cree en la libertad y vive con la dignidad impoluta de los que no se dejan arredrar por la vida. Intenta cuadrar un rompecabezas difícil, pero tiene claras sus prioridades. Su hijo estudiando, cueste lo que cueste, y ella buscando opciones que no degraden su derecho a pensar, reflexionar y prosperar. Ella sonríe, lucha y vive. Para todo tiene tiempo. La sostiene el coraje con el que asume objetivamente su realidad. Ella saldrá adelante. Todos esos modelos son lecciones de vida. Hay por lo menos 30 millones de experiencias similares en Venezuela. Cada venezolano es una lección a seguir. Unas más preclaras que otras, unas exitosas y otras no tanto, pero todas haciendo de este país su propia razón para terminar siendo imbatible. Hablar del país infranqueable es referirnos a sus hombres y mujeres que aquí transcurren con el heroísmo cotidiano de no dejarse vencer. Cientos de miles son empresarios que no tiran la toalla. Millones de ellos se levantan muy temprano para ir a trabajar en esas empresas. Otros tantos salen todos los días a rebuscarse la vida sin tener certezas. Los menos son los que hacen daño, los que practican la maldad y están captados por la delincuencia. Los más somos gente de bien que se admira por seguir aquí, ama a su país y lo mantiene vigente aun sin tener claro por qué y cómo lo hace. Estamos hablando de familias que se sostienen en la adversidad, de proyectos de vida que no se detienen a pesar de los descalabros, de la sonrisa que ahora es más valiosa porque es más difícil, de las lágrimas que entre todos nos enjuagamos mientras nos abrazamos, de la celebración de la vida cuando el caso nos lo permite y de la fraternidad que practicamos cuando se tratan de grandes tragedias, que se vuelven minúsculas cuando todos aportamos algo. Venezuela es bella por sus paisajes, sus aves que surcan nuestros cielos y su desmesura recursiva, a veces engañosa. Pero eso no es lo que nos hace trascendentes. Lo que nos transforma en imbatibles es la confianza en Dios, la serena sobriedad, el compromiso de ser útiles y productivos, nuestra capacidad para reinventarnos, nuestra fortaleza gregaria, la firmeza con la que resistimos la adversidad, el optimismo y el buen ánimo, la disciplina y el foco en nuestras propias responsabilidades y una gran dosis de realismo. Lo que nos hace diferentes es que el amor priva. El amor que se refleja en nuestra persistencia y nuestra incapacidad para abandonar el compromiso con los que dependen de nosotros. El amor que se adapta y reconfigura todos los días. El amor que es exigente y generoso. El amor que es entrega desinteresada y esfuerzo de largo aliento. El amor que por sus montos no ha permitido que aquí se asiente con pretensiones definitivas ni la oscuridad ni los odios. El luminoso amor que se practica sin aspavientos, todos los días, haciendo lo debido, asumiendo la vida como va viniendo, con más coraje que miedo, confiados en Dios y convencidos de que al final los mejores, que somos mayoría, nos impondremos. Son más los que enfrentan que los que huyen. Somos muchos más los buenos que los malos. Muchos más los que resistimos que los que se han vendido. Y esa mayoría hará al final la diferencia.

  • Líderes resilientes

    En una investigación realizada este año por la Dra. Carmelina Lawton Smith, profesora de la Oxford Brookes University, se abordó la resiliencia desde la narrativa integrada de los líderes. Los resultados van más allá de las definiciones convencionales para mostrarnos tres áreas clave que se complementan e integran en la experiencia. La primera indica que la resiliencia es algo más que una capacidad para rebotar ante situaciones adversas. Los testimonios indican que un líder resiliente es alguien que sigue levantándose, tratando de seguir peleando, cuando está noqueado. Alguien que es persistente en la consecución de sus objetivos, aunque tenga que enfrentarse a la adversidad. Alguien que no se echa atrás, aunque caiga una y mil veces. Se cae, se levanta y sigue adelante. En esta primera dimensión los líderes describieron la importancia de reaccionar "positivamente" a los desafíos o acontecimientos inesperados, tratando de asumir que toda experiencia, incluso las más rudas forman parte de los “procesos de aprendizaje” que pueden y deben ser aprovechados por quienes los experimentan. En eso consiste la flexibilidad, en un punto de vista sobre la propia vida cuyo saldo es la resistencia. En estos casos el pasado permite su replanteamiento y la creación de nuevos significados sobre experiencias que en cualquier otro caso hubieran pasado por ser irrelevantes. Pero no solo eso, hacia el futuro permite tomar el control y avanzar. La segunda demuestra un uso del lenguaje metafórico y analógico que consistentemente hace referencia a términos asociados al imaginario “recurso renovable” tales como "energía", "reservas", “combustible” y “batería”. En este caso la resiliencia es comparada con un vehículo de alto rendimiento que necesita mantenimiento periódico y períodos de reposo. Líderes entrevistados describieron en que períodos de cambios drásticos que se mantienen por demasiado tiempo son tan exigentes que pueden llegar a desgastar su capacidad para afrontarlos. No es que no tengan las habilidades, sino que les falta energía para resistir tanta turbulencia. Cuando eso ocurre, los afectados prefieren retirarse y experimentar un período de desconexión del trabajo, de los demás y de las emociones involucradas. Esta conducta no es otra cosa que un mecanismo de supervivencia para proteger al individuo y facilitar el tiempo de recuperación que se necesita. La tercera dimensión clave son los valores del individuo. Los líderes sienten que se pueden encarar mejor las dificultades y desafíos en una cultura y con unos valores donde se privilegie respuestas positivas y constructivas. Supone tener frente a cualquier evento una perspectiva pedagógica que ayude a la gente a crecer. En caso contrario, cuando el ambiente es fatalista las tensiones se van acumulando y la gente va perdiendo ánimo. Las organizaciones tienen que mantenerse alertas para procesar la turbulencia sin perder el optimismo. Deben sacar moralejas de todas las situaciones, dar razones y mantener el espíritu de lucha sin dejar de lado los principios en los que se creen. La raíz de la resiliencia está en los valores y principios personales. Muchas de las actitudes y habilidades requeridas para enfrentar productivamente los desafíos, eventos inesperados y presiones de trabajo están presentes en la ética de las personas. Por eso mismo los problemas más difíciles de resolver son aquellos que exigen una reevaluación fundamental de las creencias y valores. Cuando eso ocurre los líderes experimentan presiones que son incapaces de resolver mediante las técnicas y enfoques convencionales. Bajo estas circunstancias la resiliencia puede resquebrajarse. Lo interesante de la investigación es que muestra la resiliencia como algo más que una receta teórica. Es, por el contrario, fortaleza, actitud, valores y la presencia o no de un entorno que te dé las señales apropiadas para que intentes superarlo. Saber cuidarse, poder replegarse hasta recuperar la fuerza, y tener la posibilidad de procesar positivamente que las circunstancias adversas terminan acumulando anticuerpos contra el quiebre. En suma, ligeros de equipaje y sabiendo que todo pasa, incluso los peores momentos. El pasado es una referencia, la ética es un ancla, y el poder visualizar el futuro es un aliciente. Por: Victor J. Maldonado Twitter: @vjmc #venezuela #caracas #recursoshumanos #desarrolloorganizacional #trabajo #vida #etica

  • Las reglas éticas del mercado

    Algunos despachan con demasiada ligereza lo que ocurre dentro del sistema capitalista, pensando que todo se reduce a un “cualquier cosa es válida, siempre y cuando se trate de ganar dinero”. Lamento informar a aquellos que así piensan que están totalmente equivocados. El capitalismo tiene sus reglas, y tiene su ética, de las cuales las dos más importantes quizá sean que la competencia es un imperativo, y que el respeto a los derechos de propiedad tiene que ser sagrado. Pero hay más. Cuando hablamos de ética, estamos refiriéndonos a ciertos principios morales, ciertos acuerdos que fundamentan la convivencia social y que regulan la conducta humana. No robarás, por ejemplo, es uno de los más viejos, al igual que aquel que prohíbe tomar la vida de otro. No hay, por tanto, espacios vacíos a la regulación moral. Todos estamos escrutados permanentemente por un conjunto de reglas, acordadas socialmente, y determinantes del ideal de prosperidad que cada sociedad diseñe. Los liberales tenemos como principio el aspirar a una vida en libertad. Ayn Rand explica que eso solamente es posible cuando se practica la siguiente regla de oro: “No te sirvas de nadie, y nunca dejes que nadie te someta a la servidumbre”. Implícito a este imperativo está el repudio que provoca cualquier sistema que allane las libertades del hombre para reducirlo a la esclavitud. La misma filósofa fue categórica en denunciar -baste leer La Rebelión de Atlas- cualquier acuerdo que transformara la libre competencia en un pacto entre compinches. Ella lo advirtió en 1957, a la par que demostró su inviabilidad, porque cuando la libre competencia se desvirtúa, y se degrada a la práctica de asociaciones mafiosas “para la defensa mutua”, todo el orden social y económico termina en un inmenso desastre. Eso que Ayn Rand describió con una lucidez irrefutable, se llama ahora “crony capitalism”, “capitalismo de compinches” o “capitalismo clientelista”. Sucede que no es lo mismo el capitalismo que su impostura. Cuando de lo que se trata es de arreglos al margen de la regla de la competencia, porque se tiene acceso privilegiado a la información, o porque simplemente se es capaz de cualquier cosa, con cualquier tipo de gente, y sin importar los costos, entonces no hay capitalismo sino mafias ventajistas que se colocan al margen cualquier consideración ética. Las excusas sobran. Pero hay dos que sobresalen por su cinismo: La primera sostiene “que no son ellos, la culpa es de los incentivos perversos, que obligan a la sobrevivencia en ambientes tóxicos”. La segunda es concomitante. Sostiene que los “negocios son negocios y que, si no lo haces tú, lo hace otro, ya que hay que sobrevivir a cualquier costo”. Lo que pasa es que ese “a cualquier costo” a veces se transforma en un gran dedo acusador. Tú puedes sostener cualquier argumento para convalidar una acción, pero cuando la sociedad se escandaliza, la empresa pierde reputación, credibilidad, y decencia, y con ello, pierde oportunidades de seguir haciendo negocios. Ese vínculo entre las empresas y la sociedad fue muy bien definido por Tallcot Parsons quien sentenció que cualquier organización tiene el deber de legitimarse en los valores sociales de la sociedad en la que se inserta. Tal vez por eso, porque es una exigencia del negocio, que desde hace muchos años las empresas suscriben compromisos éticos y aceptan limitaciones morales al espacio del poder hacer. Las reglas morales no son necesariamente leyes positivas. Tampoco oportunidades para que la garra intervencionista rasgue los grados de libertad que son propios del capitalismo. Estamos refiriéndonos a la elaboración y desarrollo del principio esbozado por Ayn Rand sobre la antinomia capitalismo – servidumbre. Estas reglas morales prescriben que, ni directamente ni por mampuesto, se puede apoyar o respaldar la condición de servidumbre de nadie. Entonces, cuando el “compinche capitalista” se enchufa en una venta turbia de bonos del gobierno, a un precio insólito, que le produce ganancias increíbles, pero que favorecen el saqueo del país, y fortalece la posición financiera de corto plazo de un régimen que, mientras tanto, está no solo saqueando los recursos del país, sino reprimiendo a sus ciudadanos, cuando eso ocurre, es totalmente legítimo que venga la impugnación social. Hacer lo correcto en el contexto del capitalismo no es hacer cualquier cosa, con cualquier interlocutor, a cualquier precio. Ayn Rand define capitalismo como “un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad, cuya justificación moral es la racionalidad, la supervivencia del hombre en tanto que individuo, y donde su regla básica es la justicia”. Algunos dirán, “ese no es mi problema”. Efectivamente, para un “compinche capitalista”, el enchufarse de cualquier manera, no le trae dilemas morales sino muchas oportunidades de placer. Esa respuesta es tan vieja como la historia de Caín. A esos que piensan así, así sea por cultura general, deberían pasearse por los términos del Pacto Mundial por la Empresa, suscrito en 2002, y que hasta ahora han suscrito más de 9000 compañías y 4000 instituciones empresariales y de otro tipo. Ese pacto los compromete, entre otras cosas, a respetar los derechos humanos, a no negociar con regímenes que los violan, y a luchar contra la corrupción. Para despecho de los minimalistas del mercado, ahora lo lícito es también lo ético, asociado a un criterio de justicia que no podemos obviar. Y es que al final no es lo mismo favorecer la decencia, la libertad y la democracia, que andar de manitas tomadas con un régimen cuya lógica produce que toda su población viva en el sufrimiento infrahumano, con excepción de una pandilla minúscula de gobernantes que se lucran sin medida de la servidumbre de cada ser humano que ha tenido la ingrata suerte de vivir su poderío. Rand nunca hubiese hecho negocios con la Unión Soviética que le inspiró su primer gran libro “Los que vivimos”. Nunca hubiera concedido el beneficio de la duda a esa prosa empalagosa, propia de los colectivistas, que encubre la putrefacción del totalitarismo. En la “Rebelión de Atlas”. El protagonista de la insurrección contra las consecuencias del socialismo, John Galt, argumenta sobre la lógica de la “justicia randiana”. “Justicia es el reconocimiento del hecho que no puedes falsear el carácter de los hombres, que debes juzgar a todos los hombres con el mismo respeto por la verdad, con la misma incorruptible visión, a través de un proceso de identificación igual de puro y racional – que cada hombre debe ser juzgado por lo que es y tratado en consecuencia. Que igual que tú no pagas un precio más alto por un pedazo oxidado de chatarra que por un pedazo de metal pulido, tampoco valoras a un canalla más que a un héroe – que tu evaluación moral es la moneda que le paga a los hombres por sus virtudes o vicios, y este pago exige de ti un honor tan escrupuloso como el que aplicas a tus transacciones financieras – que rehusar tu desaprobación por los vicios de los hombres es un acto de falsificación moral, y rehusar tu admiración por sus virtudes es un acto de expropiación moral – que colocar cualquier otro criterio por encima de la justicia, es devaluar tu moneda moral y defraudar lo bueno en favor de lo malo, pues solamente lo bueno puede perder cuando hay un desfalco de la justicia, y solamente lo malo puede beneficiarse – y que el fondo de la fosa al final de ese camino, el acto de bancarrota moral, es castigar a los hombres por sus virtudes y recompensarles por sus vicios, que ése es el colapso de la depravación total, la Misa Negra de la adoración a la muerte, el dedicar tu consciencia a la destrucción de la existencia”. Las reglas éticas del mercado no aceptan la canallada del eufemismo, el financiamiento al uso de la fuerza, la reducción de la dignidad humana a la servidumbre, y la picarezca de aquellos que creen y afirman que todo da lo mismo. No es así, hay transacciones impresentables, endosos impúdicos, y financiamientos a la peor barbarie, muy lejos, por cierto, del ideal randiano que exige al hombre hacer lo correcto, que no es otra cosa que vivir para la libertad de uno, y de todos. Por: Victor J. Maldonado Twitter: @vjmc #venezuela #caracas #recursoshumanos #politica #derecho #mercado #etica #democracia

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